Capítulo 2
## Capítulo 2: El retorno de Don Álvaro
Después de años de ausencia, vagando por tierras lejanas y enfrentándose a peligros inimaginables, Don Álvaro regresó a su querido pueblo natal, un lugar al que no había vuelto desde su juventud. El recuerdo de su infancia, marcado por las risas y los juegos inocentes bajo la sombra de los árboles centenarios, le embargaba el corazón de nostalgia y melancolía.
El viento gélido y húmedo del atardecer azotaba el rostro de Don Álvaro, mientras su caballo avanzaba con paso lento y cansado por el antiguo camino que serpenteadas entre las montañas y conducía al pueblo. A medida que se aproximaba, el ambiente parecía volverse más sombrío y opresivo, como si una sombra invisible se hubiera apoderado del lugar que una vez había sido su hogar.
El pueblo, antaño lleno de vida y alegría, ahora parecía sumido en un sueño eterno, sus calles desiertas y sus casas cerradas a cal y canto, como si sus habitantes temieran algo más allá de las sombras de la noche. Don Álvaro no pudo evitar sentir un escalofrío que recorría su espalda al contemplar la desolación que parecía haberse apoderado de aquel lugar que tanto había amado.
Decidido a descubrir qué había ocurrido en su ausencia, Don Álvaro detuvo a su caballo frente a la única posada del pueblo, un edificio de piedra y madera con ventanas enrejadas y un letrero desgastado que crujía con cada ráfaga de viento. Al cruzar el umbral de la posada, el ambiente cálido y la tenue luz de las velas le dieron la bienvenida, pero también pudo percibir en el aire una atmósfera de miedo y desconfianza.
Los parroquianos, al ver al forastero, cesaron sus murmullos y lo observaron con recelo, como si su presencia supusiera una amenaza. Sin embargo, Don Álvaro, con la cortesía y galantería que le caracterizaban, saludó a los presentes y pidió una habitación y algo de comer, tratando de entablar conversación con los lugareños.
Fue entonces cuando conoció a Doña Inés, la joven y hermosa hija del posadero, cuya belleza y dulzura iluminaban la penumbra de la estancia. A pesar de la tristeza que parecía haberse apoderado de su pueblo, Doña Inés mantenía la esperanza en su corazón, y su sonrisa era un faro de luz en medio de la oscuridad.
Durante los días siguientes, Don Álvaro, guiado por Doña Inés, recorrió su pueblo natal, buscando respuestas a las preguntas que atormentaban su alma. Fue así como descubrió que, en su ausencia, un mal desconocido había caído sobre el lugar, sumiéndolo en un abismo de miedo y desesperación.
En las sombras de la noche, se contaban historias de criaturas de la oscuridad que acechaban en los rincones más recónditos del bosque, y de un castillo abandonado que se alzaba en lo alto de una colina, dominado por un ser inmortal sediento de sangre. Don Álvaro, sintiendo la responsabilidad de proteger a su pueblo y a la mujer que había cautivado su corazón, juró que pondría fin a la maldición que se cernía sobre ellos y que devolvería la paz y la esperanza a aquel lugar sumido en la oscuridad.
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