Capítulo 3
## Capítulo 3: Susurros de muerte y desapariciones
Los días transcurrían en el pueblo, y Don Álvaro, cada vez más inmerso en la vida de sus habitantes, comenzó a notar un clima de inquietud que se extendía como una sombra invisible entre las personas. Era evidente que algo turbaba el alma de aquellos hombres y mujeres que, en otro tiempo, habían sido alegres y llenos de vida. Sus rostros, ahora marcados por la preocupación y el miedo, parecían envejecidos bajo el peso de un secreto oscuro y abrumador.
Don Álvaro, con su corazón noble y valiente, decidió adentrarse en la verdad que se ocultaba tras aquel misterio. En sus paseos por las calles empedradas del pueblo, escuchaba los murmullos de los lugareños, que hablaban en voz baja de extrañas desapariciones y muertes inexplicables que se habían venido produciendo desde hacía algún tiempo.
Los relatos contaban cómo hombres, mujeres y niños habían desaparecido sin dejar rastro, como si la tierra se los hubiera tragado. Las familias, desesperadas por encontrar a sus seres queridos, organizaban búsquedas en el bosque y en los alrededores del pueblo, pero todo resultaba inútil. Los desaparecidos parecían haberse esfumado en la oscuridad de la noche, sin dejar ni un solo indicio de su paradero.
Pero lo que más aterrorizaba a los habitantes del pueblo eran las historias de muertes misteriosas y macabras, que se susurraban en las penumbras de las tabernas. Cuerpos sin vida, despojados de toda su energía vital, eran hallados en las afueras del pueblo, con marcas de mordeduras en sus cuellos y una palidez cadavérica en sus rostros. Aquellos cuerpos parecían haber sido drenados de su sangre, como si una criatura siniestra se hubiera alimentado de su esencia vital.
Don Álvaro, incapaz de permanecer impasible ante tales horrores, decidió investigar por su cuenta, buscando pistas y rastros que pudieran arrojar luz sobre aquel misterio. Noches enteras pasó recorriendo los caminos y los bosques que rodeaban el pueblo, siempre acompañado de su fiel caballo y una linterna que apenas iluminaba unos metros a su alrededor.
En una de esas noches, mientras la luna llena iluminaba el cielo estrellado, Don Álvaro se adentró en lo más profundo del bosque, guiado por un presentimiento inexplicable que lo impulsaba a seguir adelante. El crujir de las ramas bajo sus pies y el aullido lejano de los lobos eran los únicos sonidos que rompían el silencio sepulcral que reinaba en aquel lugar.
Fue entonces cuando, en un pequeño claro rodeado de árboles centenarios y cubierto de niebla, Don Álvaro encontró a una joven desorientada y aterrorizada. Sus ropas, desgarradas y manchadas de sangre, y la palidez de su rostro, indicaban que había sido víctima de algún ataque. Sin embargo, lo que más llamó la atención de Don Álvaro fueron las dos pequeñas marcas en su cuello, que parecían haber sido hechas por unos colmillos afilados.
El encuentro con aquella joven fue el punto de inflexión en la vida de Don Álvaro. A partir de ese momento, se convenció de que debía enfrentarse a la oscuridad que acechaba a su pueblo y erradicar el mal que se alimentaba de la sangre y el miedo de sus habitantes. Con el apoyo de Doña Inés y armado con su valor y determinación, Don Álvaro se embarcaría en una cruzada para liberar a su pueblo de la sombra de la muerte y las desapariciones, sin sospechar aún que la batalla que se avecinaba los llevaría a enfrentarse a un enemigo más antiguo y temible de lo que jamás hubieran imaginado.
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