Capítulo seis
## Capítulo 6: El ataque a Doña Inés
La noche había caído sobre el pueblo, envolviéndolo en un manto de oscuridad y silencio, roto únicamente por el murmullo del viento que se colaba entre las callejuelas y el aullido lejano de algún lobo solitario. Las sombras parecían cobrar vida propia, danzando en las esquinas y susurrando secretos inconfesables a los oídos de aquellos que se atrevían a desafiar la penumbra.
Fue en una de estas oscuras noches, cuando la luna apenas era un hilo plateado en el cielo y las estrellas se escondían tras una espesa capa de nubes, que el destino volvió a golpear el corazón de Don Álvaro y Doña Inés. La joven, que había salido de su casa para asistir a una misa en honor a su difunto padre, fue atacada por un ser desconocido que la dejó malherida y al borde de la muerte.
Cuando Don Álvaro recibió la terrible noticia, sintió como si un rayo hubiera partido en dos su corazón y su alma, sumiéndolo en un abismo de dolor y desesperación. Sin perder un segundo, corrió hacia la casa de Doña Inés, donde la encontró tendida en su lecho, pálida y desfallecida, con los ojos cerrados y las manos aferradas a las sábanas, como si intentara aferrarse a la vida con todas sus fuerzas.
A su lado, la madre de Doña Inés sollozaba desconsolada, mientras un médico del pueblo examinaba las heridas de la joven, que parecían haber sido infligidas por unas garras afiladas y despiadadas. El rostro del médico, sombrío y preocupado, presagiaba lo peor.
Don Álvaro, desgarrado por la angustia, se arrodilló junto al lecho de su amada y tomó su mano entre las suyas, acariciándola con ternura y enternecimiento. Doña Inés, a pesar de su debilidad, pareció reconocer el tacto de su amado y abrió los ojos con esfuerzo, regalándole una débil sonrisa que iluminó por un instante la penumbra de la habitación.
En aquel momento de dolor y desesperanza, Don Álvaro juró ante Dios y ante sí mismo que encontraría y destruiría a la bestia que había atacado a Doña Inés, y que no descansaría hasta que la justicia fuera servida y la seguridad de su amada garantizada.
Don Rodrigo, al enterarse de lo sucedido, acudió también a la casa de Doña Inés, ofreciendo su apoyo y su conocimiento a su amigo y compañero de armas en aquel momento de tribulación. Aunque en su corazón aún latía la llama de la pasión no correspondida, Don Rodrigo estaba dispuesto a sacrificar sus propios sentimientos para ayudar a Don Álvaro en su búsqueda de venganza y justicia.
Fue así como los dos hombres, unidos por el amor, la amistad y la lealtad, emprendieron una nueva cruzada contra las sombras y los horrores que asolaban al pueblo. Armados con su valor y su determinación, recorrieron los rincones más oscuros y tenebrosos en busca de la bestia que había atentado contra la vida de Doña Inés, decididos a enfrentar el mal en todas sus formas y a liberar a su pueblo de la maldición que lo había sumido en la desgracia y el sufrimiento.
Mientras tanto, Doña Inés, luchando por su vida con cada aliento, esperaba en su lecho de enferma el regreso de su amado, confiando en que su amor y su fuerza serían suficientes para devolverle la salud y la esperanza. Y en aquellos momentos de oscuridad y desconsuelo, cuando la vida parecía escapársele como arena entre los dedos, la joven se aferraba al recuerdo de Don Álvaro y a la promesa de un futuro juntos, como un faro de luz en la tormenta que amenazaba con engullirlos a todos.
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